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Al otro día de visitar las ruinas de los Quilmes, decidí ir al dique El Cadillal. Recién me levanté a las 9:30hs porque necesitaba dormir después de la odisea del domingo. Desayuné, recorrí un poco el parque 9 de Julio y a las 11hs tomé el colectivo a El Cadillal (desde la terminal). Tardé bastante en llegar porque era el horario en que los chicos entraban al colegio así que parábamos en cada cuadra.

El Cadillal es un lago artificial con hermosos cerros que lo rodean. Si no fuera por la mugre (la suciedad también es el problema de la ciudad), podría haber sido una postal de la patagonia. Caminé por el anfiteatro y la playa. Lamentablemente no pude hacer mucho porque los atractivos turísticos sólo funcionan en temporada alta. Las aerosillas, por ejemplo, estaban cerradas hasta el próximo domingo. Algo similar sucedía con el paseo en catamarán. O sea, todo muy lindo, pero no para ir un lunes. Yo pensé que era un sitio más turístico.

Sin mucho para hacer, me senté en un bar (el Mirador del lago) a comer empanadas tucumanas. A las 15hs tomé el colectivo de vuelta. ¿Qué iba a hacer ahí hasta las 17hs cuando pasaba el próximo micro? El regreso, por suerte, fue más rápido.

Volví al hotel, descansé un rato (porque salir a la hora de la siesta es deprimente) y luego salí a pasear por el centro, la calle 25 de mayo y las tiendas. Entré a las iglesias de San Francisco y Santo Domingo y luego fui a merendar a la confitería El Molino ($ 14: té con leche + tortilla tucumana) con vista a la catedral. Un bar muy tradicional de la ciudad con 70 años de historia ubicado en 24 de septiembre 551.

Mientras escribí mi diario en el bar (por eso es que recuerdo lo que tengo que escribir ahora), empezó a llover. ¡No había llevado paraguas!!! Volví al hotel y salí a comprar algo para cenar. Al final me decidí por un plato de ravioles que preferí no comer en el bar y me llevé al hotel. La comida era barata ($18), pero el lugar no me convenció. No sé cómo se llama, pero está ubicado en la esquina de Av. Terán y Benjamín Aráoz (casi enfrente de la terminal de autobuses).

Al otro día empezó el simposio así que no hubo turismo. Además seguía lloviendo. A la noche fuimos a ver una obra en el teatro Orestes organizada por gente del congreso (que no me gustó) y luego cené con dos amigos en una fonda que descubrimos a la vuelta de mi hostal. Muy rica comida y terriblemente económica!!!! Está sobre la calle Francia, casi en la esquina de Av. Avellaneda y creo que se llama “Huracán bebé”. El menú del día es regalado y uno puede pedir una gaseosa de un litro y medio. Yo comí una milanesa de pollo con papas fritas. Era tan abundante que me sobró y al otro día me hice un sandwich con lo que me había quedado.

El miércoles fui a conocer el Cementerio del Oeste. Compré los cospeles correspondientes ($2,50 c/u) y tomé el colectivo de la línea 5. No era muy lejos y el recorrido me permitió conocer otra parte de la ciudad. El cementerio, aunque está un poco abandonado, es del estilo monumental de la Recoleta en Buenos Aires. Pasé por la tumba de la escultora Lola Mora y fotografíe varios ángeles de piedra que me encantan… aunque como fan de “Doctor Who” debería tenerles un poco de miedo. XD

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Tumba de la artista tucumana Lola Mora.

Compré frutillas por la calle (¡riquísimas!) y fui al simposio donde leí mi ponencia. A la noche me preparé para ver el espectáculo de luz y sonido en la Casa Histórica de Tucumán. Corrí a la oficina de turismo a comprar la entrada ($10) y volví a la Casa de Tucumán justo a tiempo.

Pasamos por los tres patios de la casa (es realmente grande) y el espectáculo resultó muy interesante. ¡Lástima los ruidos desconcentrantes de la calle!

Después fui a La Leñita (25 de mayo 377) para la cena de camaradería del simposio. Los mozos cantaron temas folklóricos y la comida fue buena: empanada de carne frita, chorizo con ensalada, pollo al verdeo, cuadril asado con papas fritas y helado. Realmente quedé pipona. Como ya era tarde cuando terminó la cena y no me gustaba la zona donde estaba el hostal, me tomé un taxi ¡por cinco cuadras!. Claro que no salió caro y así me quedé tranquila.

Esa noche no dormí bien. Al otro día pude colarme en un paseo a Villa Nougués y San Javier. Me encantó la capilla de estilo medieval. Dicen que es el lugar donde más tucumanos quieren casarse. Al lado hay una hostería donde uno puede celebrar la fiesta. No son ningunos tontos!

Almorzamos en el hotel Sol de San Javier. Caro y nada de otro mundo. Yo pedí el menú de empanada de carne, pollo con calabaza y helado. Lo más interesante del lugar es la terraza y su vista de la ciudad. Magnífica!

A la noche, y como parte del simposio, había preparada una visita guiada a la Casa de Tucumán. Fue muy emocionante estar en el lugar que cambió el pasado de Argentina. Hubo un brindis con champagne y alfajores en el patio. Fenomenal! Estar en el mismo salón donde se firmó la INDEPENDENCIA…Es una experiencia muy fuerte.

Esa noche volví a cenar en la fonda de la calle Francia.

El viernes – hace exactamente un año – fui a visitar el Museo de Arte Sacro de la Catedral: tiene un patio precioso y además pude ver el reclinatorio donde estuvo Juan Pablo II y las reliquias de Santa Teresita. No pueden perdérselo! Después fui al Museo de Avellaneda y volví al simposio.

Almorzamos en un sitio que recomiendo: El Portal. Comidas tradicionales muy ricas. Yo comí una empanada, un tamal y una humita. ¡La humita me encantó! Me pareció más sabrosa que la salteña (¡perdón, Salta!).

Ese día terminó el simposio. Pasé por la iglesia de La Merced y terminé el día comiendo un helado de manjar de coco, flan y yogurt de frutilla que compré cerca del hotel. No es una gran heladería así que no anoté el nombre. Queda sobre Av. Sáenz Peña casi Aráoz.

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Casa histórica de Tucumán.

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